La lucha continúa

Hoy se cumple un año del abordaje del velero Estelle, de la Flotilla de la Libertad, y lo recuerdo como si fuera ayer. Era la tercera vez que la coalición internacional de la Flotilla de la Libertad se dirigía a Gaza para romper el ilegal e inmoral bloqueo que el gobierno israelí impone por mar, tierra y aire -en forma de castigo colectivo- a las más de 1,7 millones de personas que residen en esta pequeña porción de tierra que, junto a Cisjordania, es Palestina.

A finales de junio de 2012, el velero Estelle empezaba su viaje desde Suecia hasta Gaza, realizando escalas en distintos puertos europeos donde se realizaron visitas al barco, charlas, conciertos y otras actividades paralelas. Centenares de personas visitaron el velero que hizo escala en Bermeo, San Sebastián, Santa Pola, Alicante y Barcelona, entre otros.

“Una mattina mi son svegliato, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao…”. Decenas de personas con el puño en alto, cantando el Bella Ciao, nos despedían desde el puerto de Nápoles el 6 de octubre de 2012. El velero Estelle, junto a su tripulación, empezaba su última travesía rumbo a Gaza con la firme determinación de romper el bloqueo y denunciar esta injusta situación.

Tripulación Estelle

Con los ojos llorosos e inmersa en una profunda mezcla de sentimientos y recuerdos, empezaba mi viaje. Volvía a estar en un barco dirección a Gaza y llevaba en mi mente -y en mi corazón- no solo el recuerdo de mis amigos y amigas palestinas sino también el de aquellos nueve compañeros que fueron asesinados por comandos israelíes, a bordo del Mavi Marmara, en mayo de 2010.

Nos esperaban quince días de navegación para poder divisar la costa de Gaza. Los días pasaron rápido. En el barco había tripulación experta y otras personas, como yo, que llevábamos la “L” de novatas. Pero en el mar aprendes rápido. Rotábamos en turnos de cuatro horas, que compartíamos con otros cuatro compañeros. En esos ratos izábamos las velas si hacía viento, las recogíamos si dejaba de soplar y las movíamos si cambiaba la dirección del viento. Nos repartíamos las tareas de limpieza del barco y, al menos durante una hora, dirigíamos el timón. Al principio todo me parecía difícil pero, como todo, con esfuerzo y dedicación terminé aprendiendo. Cuando no estábamos de turno, normalmente dormíamos, leíamos, charlábamos, reíamos o nos tumbábamos encima de los compartimentos de carga para contemplar el espectacular océano que nos rodeaba. En varios tramos, algunos delfines nos acompañaban en ese camino a la libertad.

El velero Estelle, de 90 años de antigüedad, rompía imponente las olas rumbo a Gaza cuando, el 18 de octubre de 2012, llegaron las primeras noticias sobre las intenciones del gobierno israelí. El capitán recibió una llamada del Ministerio de Exteriores de Finlandia anunciando que Israel detendría a los pasajeros del Estelle. Ya nos acercábamos a la costa de Gaza y, al igual que en anteriores flotillas, el barco podría ser abordado por comandos israelíes en cualquier momento. Decidimos reforzar algunas partes del barco como la cabina donde estaba el timón porqué, en el caso que se produjese un acto de piratería en aguas internacionales, no queríamos que nadie tomase el control de nuestro barco.

En la noche siguiente empezamos a divisar luces a lo lejos y, en los turnos de vigilancia, estuvimos más atentos de lo normal a lo que sucedía en el mar. Teníamos la sensación que en cualquier momento podría suceder un abordaje pero la noche pasó sin ninguna alteración.

El día 20 de octubre de 2012 me levanté a las 7 de la mañana. Casi todos los tripulantes del barco estaban levantados. Unos estaban desayunando, otros haciendo su turno de vigilancia, otros en la cabina del timón y otros construyendo barricadas con colchones en las entradas de la cabina de mando. La estrategia era clara: resistir pacíficamente al más que probable abordaje.

Eran menos de las 10 de la mañana, hora de Jerusalén, cuando recibimos el primer contacto por radio por parte de la armada israelí.: “Estelle. Estelle. Les habla la armada israelí. El área de Gaza y sus aguas están cerradas al tráfico marítimo debido al bloqueo marítimo impuesto por razones de seguridad en la Franja de Gaza”. Mi cámara estaba en la cabina así que no dudé en empezar a grabar. El capitán del velero respondió que el Estelle era un buque escuela que transportaba carga a la Franja de Gaza y, añadió, que el puerto de Gaza era un puerto libre como los otros que hay en el mundo. Mientras el contacto por radio estaba teniendo lugar, divisamos a lo lejos como se acercaban varias lanchas motoras a toda velocidad. Se dió la alarma y los tripulantes nos repartimos a los lugares que teníamos asignados con la finalidad de resistir el inminente abordaje.

Almenos cuatro fragatas nos estaban rodeando y se acercaron una decena de lanchas con veinte soldados armados y con pasamontañas, en cada una de ellas. El helicóptero no tardó en llegar. Cortaron todas las conexiones que pudiésemos tener con el exterior. Eran las 10.30 de la mañana, hora de Jerusalén, y estábamos en las coordenadas N31º 26’ E33º 45’. Empezaba el abordaje.

Me encontraba junto a otras tres personas en la cabina del timón, grabando con la cámara y una máscara de gas medio puesta, por si a los comandos se les acudía gasearnos. Nuestros compañeros nos habían encerrado con candados y habían tirado las llaves al mar. De esta forma pretendíamos tener el control del barco durante el máximo tiempo posible.

Por los altavoces, un compañero instaba a los soldados a desobedecer las órdenes de sus superiores porqué les estaban llevando a cometer un acto de piratería o de guerra. Los soldados empezaron a entrar en el barco en grupos. Se escuchaban gritos y los sonidos de las pistolas Táser, que provocan descargas eléctricas. A los pocos minutos, los soldados empezaron a subir al altillo que había justo frente de la cabina del timón. Un parlamentario griego se dirigió a ellos, con las manos en alto, y les informó que no podían tomar el barco. Los soldados israelíes lo redujeron con las llamadas Táser, hasta dejarlo en el suelo. En ese momento, dos activistas israelíes que viajaban con nosotros y que habían formado parte del ejército,  se dirigieron en hebreo a los soldados, que les ignoraron.

Al cabo de 20 minutos, después de aplicar descargas eléctricas a varias personas que resistían a moverse de su posición, los soldados consiguieron llegar a la puerta de la cabina del timón, donde me encontraba grabando. Rompieron la puerta de la cabina, nos sacaron uno a uno de dentro de ella y nos llevaron junto con las demás personas del grupo. Me indicaron que les diese mi cámara. Me negué a hacerlo mostrandoles mi carné de periodista mientras les decía que tenía derecho a informar. Así que el soldado de más alto rango me quitó violentamente la cámara que tenía entre mis manos y me dijo que ya no era mía. Me la estaba robando.

Una hora después del inicio del abordaje, los comandos israelíes tomaron el control del barco. Nos encontrábamos a 25 millas de la costa de Gaza, en aguas internacionales. Los soldados habían conseguido entrar en la sala de máquinas, que también se encontraba bloqueada, pero no habían conseguido poder volver a arrancar el motor. Uno de los ingenieros de la tripulación del Estelle lo había boicoteado, en lo que era otro claro acto de desobediencia.

Estuvimos unas diez horas en el barco hasta llegar al puerto israelí de Ashdod. Durante este tiempo, nos habían registrado de arriba a bajo. En el puerto había muchas cámaras de televisión así que decidimos empezar a gritar al unísono “stay away disobey” (no os haremos caso, desobedeceremos). Dos soldados nos cogieron de uno a uno y llevaron fuera del barco, donde nos entregaron a la policía. Después del registro en el mismo puerto, nos llevaron a un centro de detención donde consultaron nuestros ‘antecedentes’ en Israel. Decidí facilitarles mi nombre y nacionalidad pero no respondí a nada más. Recuerdo la mirada de la persona encargada de la entrada de mis datos al ordenador. “Mavi Marmara”, me dijo. Efectivamente, mi historial estaba en esta base de datos. Y aquí empezó una de las partes más agresivas de esta misión.

Durante toda la noche me llevaron de una sala a otra donde me hicieron varios interrogatorios. Primero me preguntaron sobre mi pareja, mi família, mi vida… Pero, al ver que me acogía a la Ley del Silencio y no respondía a nada, cambiaron la estratégia y empezaron a hacer referencia a viajes que yo había hecho, afirmaciones que buscaban una clara provocación… No caí en su trampa. Se ensañaron conmigo porqué participé en la primera Flotilla de la Libertad y, con la información que tenían sobre mí, seguro que sabían que había interpuesto una querella en el Estado español contra los máximos responsables del ataque al Mavi Marmara. Fueron interrogatorios muy largos pero, finalmente, al ver que no respondía a nada insistieron a que firmase un documento que decía que habíamos entrado ilegalmente al país. Me negué a hacerlo.

Los tripulantes del Estelle habíamos acordado que no firmaríamos ningún papel hasta ver a nuestros abogados y decidir de manera conjunta. Algunos firmaron el papel y volvieron a sus casas. La mayoría no lo hicimos y nos llevaron a prisión. Yo compartía celda con otra mujer que había participado en la Flotilla. De ese día en prisión, recuerdo el intercambio de palabras una joven funcionaria que se encargaba de vigilarme cuando yo estaba en el patio. Ella sabía que yo era periodista y me preguntaba el porqué de lo que ella consideraba “ataques a su pueblo; ataques para dejarlos en ridículo frente al mundo”. Yo le comentaba que a ella solo le llegaba parte  de la información y que su miedo era provocado por su propio gobierno. Recuerdo que llegó a decirme que si yo creía que se debían cambiar las cosas me hiciese política y no periodista. Allí tomé un poco más de consciente de la importancia que tiene que comunicadores formemos parte de estas acciones y las contemos desde dentro.

Pasado casi un día, las chicas firmamos el papel de deportación. Los chicos tardarían unos días más. De la prisión nos llevaron a un centro de deportación y de allí a un avión dirección a casa.

El velero Estelle el año 2012 no pudo llegar a Gaza pero a través de esta acción volvímos a hacer latente la solidaridad como la ternura de los pueblos y volvimos a llamar la atención al mundo sobre la situación que está sufriendo, desde hace más de 60 años, la población palestina. Además de acciones humanitarias, las flotillas de la libertad son acciones políticas que pretenden denunciar la constante vulneración de Derechos Humanos que vive la población palestina, el desprecio que el Estado de Israel tiene a la legislación internacional y la complicidad de gobernos como el nuestro en la perpetuación de esos actos.

Si continúo subiendo a barcos que pretenden romper el bloqueo a la Franja de Gaza es por mantener mi propia humanidad. Lo he hecho tres veces y lo volveré a hacer tantas veces como sea necesario.

Laura Arau, pasajera del velero Estelle
Barcelona, 20 de octubre de 2013

Publicado en Activismo, Blog, Denúncia, Derechos humanos, Vídeoactivismo

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